Aloma
La temporada pasada, el TNC inauguró el Año Rodoreda con la puesta en escena de La plaça del Diamant. Este año se encarga de clausurarlo con todos los honores, y para hacerlo, ha programado una nueva adaptación de una novela de la autora de Sant Gervasi. Dagoll Dagom trae a la Sala Gran Aloma, el libro con el cual Mercè Rodoreda obtuvo el premio Crexells en 1937 y que revisó en profundidad en 1969, en el exilio. Una versión musical que fusiona dos voces, la de la Aloma joven y la de la Aloma madura, y transmite la riqueza de lenguaje propia de la narrativa rodorediana.
Aloma es la novela de la pérdida de la infancia, del paso a la madurez y de asumir el destino propio. Protagonizada por una chica joven, completamente dedicada a su familia y a su casa, solitaria y marcada por el suicidio de su hermano Daniel, a los 18 años, Aloma afirma una y otra vez que el amor le da asco; pero todo cambia cuando se enamora de Robert, un pariente que se ha instalado en su casa. Paralelamente, a su alrededor, el ambiente familiar se adentra en la espiral de una crisis que no parece tener fin y que acabará desembocando en la pérdida de la casa familiar de Sant Gervasi. Desengañada, Aloma tendrá que hacer acopio de fuerzas para seguir adelante.
Dos Rodoredas / dos Alomas
L’amor em fa fàstic (el amor me da asco). Así comienza Aloma, la novela que Mercè Rodoreda publicó en 1938 y que revisó treinta años después. Hoy día existen dos versiones de Aloma: la primera, escrita desde la juventud; la segunda, de 1969, desde la madurez.
La existencia de dos Rodoredas que explican una misma historia cargada de tantos elementos autobiográficos fue la clave para encontrar un artificio dramático que nos permitiera trasladar la novela al teatro, porque si en Aloma hay dos Rodoredas, bien puede haber dos Alomas: una Aloma ya madura, que se convierte en la narradora de la historia, y una Aloma treinta años más joven que la vive en carne propia. Una Aloma que ha vivido la difícil vida que le espera a la Aloma casi adolescente que descubrirá el amor y el dolor y deberá aprender a “plantar cara a la vida, sin sueños”. Una Aloma impulsiva pero insegura que poco a poco perderá la inocencia y acabará siendo expulsada de un paraíso que encuentra su representación en el jardín que rodea la casa familiar, una torre cargada de recuerdos no siempre amables, el territorio de su infancia. Un jardín, donde conviven las flores que Aloma cultiva y los fantasmas de su pasado. Un jardín rodeado por una reja que separa el mundo de Aloma del mundo exterior, sugerente y hostil. Un jardín que, al final de la historia, Aloma abandona para ingresar definitivamente en el mundo adulto.
Lluís Arcarazo
Adaptación teatral
Música insólita
“No es una historia como para ponerse a cantar”, respondí a Joan Lluís Bozzo cuando me preguntó qué me parecía la novela Aloma de Rodoreda como posible musical.
Los dos nos reímos y yo me comprometí enseguida a hacer cantar a los agridulces -más agrios que dulces- personajes de la magnífica novela, como quien se lanza de cabeza a una piscina desconocida (quizá lo hice porque ya tenía la nariz rota de antes).
Sea como sea, no hay nada más falso que la idea de que cantar es sinónimo de alegría.
Yo me propuse interiormente no mostrar en las canciones ni un gramo menos de mala leche ni una dosis menos de ternura que la propia autora.
Sabía desde un principio que musicalmente la cosa acabaría -como es lógico- en mi terreno, pero no imaginaba -ingenuo de mi- que Rodoreda fuera tan cantable y me aportara tanto a la hora de escribir les letras.
Las diecinueve canciones que he sacado han ido saliendo una detrás de otra de la manera más natural y orgánica imaginable y, a medida que las iba haciendo, me iba fascinando más y más por el lenguaje, por el ambiente, por estos personajes, todos igualmente desgraciados y con los que no se puede sinó empatizar amargamente.
Yo, como Aloma, también “siento oscuramente la poesía pobre de mi casa y de mi calle. Es como una dulce languidez en mi cuerpo”.
Alfonso de Vilallonga
Música y letras
Aloma y la música interna
Aloma es una adolescente y por tanto se cree única. Piensa que el mundo no la comprende y, a parte de su hermano Daniel -que se suicidó cuando ella era pequeña-, desaprueba la conducta de los adultos con su doble moral, su hipocresía y, en definitiva, su mediocridad. Igualmente, no perdona las contradicciones de los mayores y, sobretodo, no se las perdona a ella misma.
Es, como casi todas las chicas de su edad, sensible y dura a la vez; orgullosa, tozuda, un poco rabiosa… pero también sensible, fantasiosa, enormemente generosa; se refugia en su cuaderno, en sus escritos y poesías, en su música interna y va viviendo como puede, con la esperanza borrosa de que un día todo cambiará. Es una chica sola que acaba de entrar en la emoción erótica de la adolescencia y que no sabe, ni tiene, donde proyectarla, donde probarla, cómo gestionarla.
La llegada de Robert, su cuñado de América -veinte años mayor que ella-, desata fatalmente todos sus nudos emocionales y hace que se enamore del amor y descubra el vértigo del sexo con el ímpetu de su edad y la fuerza acumulada por tantos años de soledad. Mercè Rodoreda convierte así este magistral personaje en su versión de un tema universal: el enamoramiento feroz de una chica joven de un hombre maduro que la quiere “de paso”, sin poner mucha atención, halagado por haber conquistado a una jovencita. A mi me recuerda bastante –sólo en este aspecto- a La Gaviota de Chejov: la chica llena de fantasías que es seducida y dejada por un hombre mayor y desencantado y que, en su maravilloso monólogo final, se compara a ella misma con una gaviota que ha sido abatida por el tiro de un cazador aburrido que no quería volver a casa sin haber disparado al menos una vez.
Aloma es, en este aspecto, otra gaviota.
Pero ella no se resigna con su destino y decide seguir adelante con valentía, por el camino más difícil.
La chica que al final del espectáculo se pierde por las calles de la gran ciudad en medio de las convulsiones de su época (pre-guerra civil), es toda una mujer; ya no es aquella muchacha adolescente del principio. Aloma ha aprendido una lección amarga y eterna.
Terriblemente sola y magníficamente libre. Escuchando siempre su música interna.
Joan Lluís Bozzo
Dirección